LAS ETAPAS DE UNA VIDA
No podría decir que los años de mi niñez fueron los más felices
de mi vida. Mi padre, empleado de la telefónica, en el departamento de construcciones, estaba normalmente alejado del hogar, por lo que, de hecho, al ser el hermano mayor, caía de algún modo en mí, la responsabilidad en el quehacer diario, y resolver los múltiples pequeños problemas que sin parar surgen en el transcurso de los días.
Mi madre, por otra parte, siempre estaba aquejada de pequeñas dolencias, aumentaban mi responsabilidad, así como el cuidado de mis tres hermanos más pequeños que yo.
De ser un niño irresponsable me convertí en un responsable niño; seguí siendo un niño, pero de alguna forma me habían robado la alegría de la niñez.
Recuerdo que a los 10 años, por Reyes, acompañé a mi madre que iba a comprar los juguetes para mis hermanos.
Eran años de escasez. Nunca entró la miseria ni el hambre en nuestra casa. Sí, se vivía con honor, pero también con muchas patatas.
Con gran sacrificio – mi padre ganaba 300 pesetas al mes – mi primera enseñanza la hice en los Hermanos Maristas- era un colegio caro-
Ellos me enseñaron a ser un hombre. Es decir a ser íntegro, honrado, buena persona en una palabra. Gracias amigos. Estoy seguro que aquellos santos y buenos profesores están en el Cielo, o como se llame la felicidad después de nuestra muerte.
Primero, en las Escuela de Comercio de Las Palmas me hice Perito Mercantil y después en la de Valladolid Profesor Mercantil, simultaneando aquí los estudios, por libre, con mi trabajo en el Banesto, donde ingresé en 1937 ya en plena Guerra Civil, a los l5 años y 3 meses de edad. Necesitaban personal ya que la mayoría de los empleados se habían ido al Frente de guerra.
Fueron años muy duros, durísimo esfuerzo, simultanear la mayor parte de los meses 10 horas de trabajo intensivo de banca, y en los ratos libres estudiar y obtener notas, ninguna de ellas inferiores a Notable.
Al terminar me sentí un hombre. Un orgulloso hombre. En algunos momentos de mi vida demasiado orgulloso. Pero al mismo tiempo humilde. Humilde ante Dios que me había protegido tanto y humilde ante el futuro, sabiendo que cualquier enfermedad nos hunde en un hoyo en el que caemos y nos quita todo lo conseguido.
Por todo ello, y por lo conseguido después, todos los días inclino mi cabeza ante el Altísimo, y con una sonrisa le digo: ¡gracias mi Dios, mi Señor.!
Como es mi padre le trato con el máximo respeto, pero también con el mayor cariño, y la verdad alguna que otra vez abuso de El y no le muestro, como debiera, lo agradecido que estoy por tanto como le debo. Bueno,! como hacemos todos los hijos!.
Pero sé que a mí y a los míos, nos mira con ojos dulces y bondadosos. Y nos protege, sin cesar ni un segundo.
Al Regimiento “San Quintín” de Valladolid le llamaban la incubadora. Es de Infantería. Muchos niños, poco mayores que yo, salían para el Frente y volvían al mes siguiente, envueltos en su mortaja. Como no tenían experiencia de guerra, eran víctimas fáciles en aquella locura de Guerra Civil, adonde nos llevaron una caterva de políticos soeces y ambiciosos.
En la España Nacional se vivía con abundancia y en orden total. No en vano era de hecho un Cuartel.
Si alguien se hubiera atrevido a tomar la justicia por su mano, hubiese sido fusilado a la maña siguiente, sin distinción de azules o rojos.
Muchos años después, el ideal económico era conseguir el nivel de vida que teníamos en la Zona Nacional.
Si la Guerra hubiese durado unos meses más, seguramente yo no estaría escribiendo estos recuerdos y lo hago para que algún historiador honrado lo tome y lo explique a las generaciones futuras.
Todavía hoy, quedan muchos de aquellos socialistas y comunistas que fueron causa principal del desastre. El sistema ha fracasado en todas las naciones donde se ha aplicado, pero ellos arre que arre, siguen levantando el puño, cantando la Internacional y odiando hasta si fuera posible matar, a todo aquél que no piense como ellos. Ya tienen experiencia: mataron a sacerdotes, a monjas; quemaron las iglesias, y en las checas torturaron y mataron a miles y miles de personas decentes cuyo único delito era ser personas creyentes y con alguna clase por encima de ellos.
Quizás fuera todo envidia y no ideas.
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