jueves, 24 de marzo de 2011

SIEMPRE HAY UNA RAZON PARA VIVIR

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· Siempre. hay una razón para vivir es el lema que la Conferencia Episcopal Española ha elegido este año para la Campaña por la Vida 2011. En vísperas de la manifestación unitaria que la socie­dad civil española ha organizado a favor de la vida, la jerarquía de la Iglesia católi­ca recuerda a los católicos españoles, y a cuantos hombres y mujeres de buena vo­luntad quieran oírlo, que la vida es más fuerte que la muerte y que siempre hay una razón p"ara vivir. De Japón a Libia, y de Chile a Africa, parece haber, día tras día, una especie de tsunami letal que arra­sa y aniquila a miles y miles de vidas hu­manas, por las que, sorprendentemente, los políticamente correctos parecen preo­cuparse bastante menos que por el deba­te sobre la energía nuclear. Pero es que, además, arrecia de manera asoladora ese otro tsunami del aborto provocado, y de la aniquilación de ancianos y enfermos terminales, bajo el camuflaje de muerte dig­na. Yeso no el)- Libia ni en Japón, no en Chile ni en la Africa doliente, sino en la España que se dice católica mayoritaria­mente. Ya Juan Pablo, 11 fustigaba dura­mente esta intolerable situación con tres palabras: estructura de pecado.
La convicción inamovible con que la Iglesia defiende la vida de todo ser hu­mano, desde su concepción hasta su muerte natural, surge de la sacralidad de la vida de todo ser humano.
La vida de cada ser humano es sagrada: tiene su origen en el amor eterno de Dios, que ha querido que cada persona sea ima­gen de su Gloria y participe de la misma filiación de su Hijo. Por eso la vida es un bien, y cuidar la vida es un deber. El Papa Juan Pablo 11 acuñó la expresión cultura

de la vida frente a la mal llamada cultura de la muerte; mal llamada, porque es todo menos cultura. Por razones inconfesables -y algunas veces no sólo confesadas, si­no repugnantemente exhibidas con inso­portable prepotencia-, los ecologistas de boquilla y de despacho ahuecan la voz para defender los civilizados derechos del lince en extinción; pero son los mismos que no tienen el menor escrúpulo ni re­paro moral en querer legislar sobre lo q\le no les compete, como el recóndito santua­rio sagrado de la vida humana, y hasta quieren convertir el más antihumano de los delitos en un derecho humano.
Benedicto XVI, en su libro Europa. Sus
fundamentos hoy y mañana, recogía lo si­guiente de una conferencia que pronunció en 2001: «La intangibilidad de la digni­dad humana debería convertirse en el pi­lar fundamental e intocable de todo orde­namiento ético. No hay ponderación al­guna de bienes que justifique tratar al hombre como material de experimento. Un orden mundial con estas bases no pue­de convertirse más' que en una utopía del horror, en una nueva opresión mundial. El ser humano no puede convertirse en un producto porque no ha sido ni es ni será producido, sino generado».
Porque la vida no es cosa sólo de una manifestación, no está de más reflexionar sobre las causas que han producido la si­tuación actual de una llamada civilización en la que el justo progreso material no ha ido, no va acompañado del no menos jus­to y necesario progreso espiritual y mo­ral. Esto vale para todo ser humano, no sólo para un creyente católico; para éste, además, la vida encuentra su sentido y su plenitud cuando se entrega gratis.

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