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· Siempre. hay una razón para vivir es el lema que la Conferencia Episcopal Española ha elegido este año para la Campaña por la Vida 2011. En vísperas de la manifestación unitaria que la sociedad civil española ha organizado a favor de la vida, la jerarquía de la Iglesia católica recuerda a los católicos españoles, y a cuantos hombres y mujeres de buena voluntad quieran oírlo, que la vida es más fuerte que la muerte y que siempre hay una razón p"ara vivir. De Japón a Libia, y de Chile a Africa, parece haber, día tras día, una especie de tsunami letal que arrasa y aniquila a miles y miles de vidas humanas, por las que, sorprendentemente, los políticamente correctos parecen preocuparse bastante menos que por el debate sobre la energía nuclear. Pero es que, además, arrecia de manera asoladora ese otro tsunami del aborto provocado, y de la aniquilación de ancianos y enfermos terminales, bajo el camuflaje de muerte digna. Yeso no el)- Libia ni en Japón, no en Chile ni en la Africa doliente, sino en la España que se dice católica mayoritariamente. Ya Juan Pablo, 11 fustigaba duramente esta intolerable situación con tres palabras: estructura de pecado.
La convicción inamovible con que la Iglesia defiende la vida de todo ser humano, desde su concepción hasta su muerte natural, surge de la sacralidad de la vida de todo ser humano.
La vida de cada ser humano es sagrada: tiene su origen en el amor eterno de Dios, que ha querido que cada persona sea imagen de su Gloria y participe de la misma filiación de su Hijo. Por eso la vida es un bien, y cuidar la vida es un deber. El Papa Juan Pablo 11 acuñó la expresión cultura
de la vida frente a la mal llamada cultura de la muerte; mal llamada, porque es todo menos cultura. Por razones inconfesables -y algunas veces no sólo confesadas, sino repugnantemente exhibidas con insoportable prepotencia-, los ecologistas de boquilla y de despacho ahuecan la voz para defender los civilizados derechos del lince en extinción; pero son los mismos que no tienen el menor escrúpulo ni reparo moral en querer legislar sobre lo q\le no les compete, como el recóndito santuario sagrado de la vida humana, y hasta quieren convertir el más antihumano de los delitos en un derecho humano.
Benedicto XVI, en su libro Europa. Sus
fundamentos hoy y mañana, recogía lo siguiente de una conferencia que pronunció en 2001: «La intangibilidad de la dignidad humana debería convertirse en el pilar fundamental e intocable de todo ordenamiento ético. No hay ponderación alguna de bienes que justifique tratar al hombre como material de experimento. Un orden mundial con estas bases no puede convertirse más' que en una utopía del horror, en una nueva opresión mundial. El ser humano no puede convertirse en un producto porque no ha sido ni es ni será producido, sino generado».
Porque la vida no es cosa sólo de una manifestación, no está de más reflexionar sobre las causas que han producido la situación actual de una llamada civilización en la que el justo progreso material no ha ido, no va acompañado del no menos justo y necesario progreso espiritual y moral. Esto vale para todo ser humano, no sólo para un creyente católico; para éste, además, la vida encuentra su sentido y su plenitud cuando se entrega gratis.
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