viernes, 26 de enero de 2018

LAS DICTADURAS  26/1/18
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Cuando los componentes de un pueblo o nación son gentes sensatas, cultas y en general buenas personas, un dictador es odioso.  Intenta imponer su voluntad a los demás esté o no equivocado, y no se le puede consentir de ningún modo.
Pero cuando una nación, como la nuestra esté formada por pueblos muy diversos en  su cultura y formas de ser, y además muchos ignorantes, chulos, bandidos y malas personas, donde existen seres capaces de escupir la gloriosa bandera común, a la que dicen odiar y aman otras que han creado recientemente y que llaman icurriñas, barradas etc. etc. personas incapaces de dar un pedazo de pan a su vecino, y de matar a cuchilladas al vecino porque lo ha mirado, las dictaduras, no siempre, pero sí en determinados momentos pueden hacerse convenientes por un tiempo limitado.
Fue conveniente en el año 1939, después de una terrible guerra civil en la que unos a otros tanto nos odiamos, y quizás fuera conveniente ahora, por unos meses para solucionar de una por todas, el problema que nos están ocasionando 2 millones de catalanes que se creen superiores a los demás.
Presumen de demócratas. Pero en las elecciones habidas, los catalanes decentes sumaron 2.200.000, es decir 200.000 más que los indecentes, y eso sólo en Cataluña. Si contáramos todos los españoles, seríamos 43 millones de españoles contra sólo 2 millones de imbéciles.
Pero, ahí los tenemos y aguantamos, y tenemos que soportar.
¿No sería conveniente dar 21 azotes a cada uno, desnudos y atados a un árbol?
Como además son unos cobardes malcriados, sin que nadie se lo pidiera gritarían ¡Viva España! Cada vez que el látigo hiciera su cometido.
A grandes males, grandes remedios.
¡Es que estamos hartos de estos gilipollas que no tienen ni idea de adonde se han metido!
¡Franco, por favor, resucita por un mes!
Respeto a todo el mundo, pero difiero tanto de estos cabeza hueca que pienso honradamente que unos azotes no les vendrían mal.
Y lo confieso, me gustaría verlos rechinar los dientes, y arrepentirse de sus equivocados e imposibles pensamientos.
¡No quisiera ver correr allí sangre!
Catalana o no.




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