lunes, 19 de octubre de 2015
MARAVILLAS 19/10/2015
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Como todos los domingos, ayer, mi hija María Luisa, nos invitó a comer a su casa de Colmenarejo.
Fue un día de cielo encapotado, triste, donde apenas un momento dejó de llover.
Traspasada la entrada, antes de entrar en la casa hay un pasillo con árboles y al final protegido con lonas una mesa y sillas donde alguna vez en verano hemos comido.
Pues bien, seguramente por la lluvia, apareció el suelo el pasillo de este lugar manchado en un reguero de clara y yema de un huevo, con la cáscara en múltiples pedazos esparcidos por doquier.
Ya dije que fue un día triste y por ello fácil para la meditación.
En primer lugar que peripecias, la lluvia, habían obligado a aquel ave o pájaro a refugiarse en el toldo del lugar, y después por qué había depositado aquel huevo, que además, se había destruido.
Pero, entonces, me vino a la mente, una todavía más importante meditación.
¿Cómo era posible que aquel semilíquido de clara y yema, con sólo el calor del cuerpo del ave, se convirtiera, de no haber caído, en un ave similar, con corneo pico, con ojos – que ven- con alas para volar, con boca para comer, con estómago para digerir, con patas para andar, y garganta para cantar y alegrar la vida?
Entonces no dudé de la existencia de una Inteligencia superior, capaz de pensar y realizar tal prodigio, totalmente irrealizable para cualquier mente humana por muy dotada que estuviera.
Y tú lector, por muy ateo que te sientas, medita bien esto, y baja la cabeza.
Lo demás vendrá por añadidura.
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