Hoy día, como cualquier tiempo pasado, rememoro aquellos tiempos con verdadero cariño.
No sé que ha sido de ninguno de los componentes de aquella pandilla. Ni siquiera del hermano más pequeño de Santiago Carrillo, que se llamaba Wenceslao, como su padre, con el que alguna vez tuve pelea - no por motivos políticos - de los que éramos ajenos, sino por ver quien era mas gallito. Era un gran chico.
No sé quien me dijo que casi todos habían tenido mala suerte. Algunos muertos, otros en prisión, pero alguno había salido adelante y estaba bien situado.
Eso sí, todos éramos del Atlético de Madrid que tenía el campo en la calle Reina Victoria y adonde nos acercábamos los domingos, para desde el exterior seguir las peripecias del encuentro y jalear los tantos de nuestro equipo.
Cuando reuníamos algunas perrillas,nos íbamos al cine. Bien al Europa que era lo más frecuente, o al Metropolitano. A gallinero claro está, que era lo más barato. Quizá hoy alguien no sepa lo que era el gallinero. Estaba situado en lo más alto y atrás del cine con bancos corridos y sin respaldo.
Recuerdo una película que me produjo gran impresión y miedo. Se titulaba Los Crímenes del Museo de Cera. El director del museo enceraba a sus víctimas y las exponía después desnudas como obras maestras suyas.
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