jueves, 5 de septiembre de 2019


LA BONDAD SIN FIN
5/9/19
Hoy día, es conocido, la infinitud del Universo.
Se sabe a través de los telescopios y otros medios, de la existencia de miríadas de estrellas en incontables galaxias que nos dejan asombrados y que, aunque lo intentamos, no podemos comprender.
Intuimos, al conocer la existencia de esos innumerables soles y todavía más planetas que, en muchos de ellos tiene que haber por fuerza clima y condiciones para la vida similares a los de nuestra Tierra, y como consecuencia seres iguales o parecidos, a los humanos que poblamos nuestro Planeta.
Intuimos, que tanta grandeza y perfección no pueden producirse por azar, sino que tiene que haber una Cabeza pensante, infinitamente sabia y poderosa que los cristianos llamamos Dios, y los árabes Allah, que ha hecho todo este increíble Universo.
Todo esto es de sentido común.
Nos asombra también la existencia del ser humano.
Su perfección en la forma, su inteligente cerebro capaz de razonar, de pensar y sentir, y también su cuerpo, capaz de reproducirse, de latir, de respirar, de andar….
Hay que ser muy bestia para no pensar en todo esto, y los motivos por los que vivimos y estamos aquí, y adónde vamos cuando nuestro tiempo aquí termine.
Por qué si hemos nacido hemos de morir.
La lógica contestación es que se examinará nuestra conducta al final, y de ese juicio dependerá adónde iremos.
Por eso vivimos; por eso estamos aquí de paso.
Hay que ser inteligentes. La lógica nos dice que después, no puede ser igual adonde va una persona digna y buena, de otra con pasado criminal, egoísta y malaventurada.
Ante la duda, que todos tenemos, hay que procurar ser una BUENA PERSONA, Y SENTIRLO EN TU INTERIOR.
Huir de hacer mal a nadie. Comerte el pan que te ganes honradamente trabajando, y suplicar a ese SER inmenso e incomprensible, creador de todo, que no tenga en cuenta si algo has hecho incorrecto.
Más no puedes hacer.
Avergonzarte si has hecho algo incorrecto, y pedirle a Dios creador, que no lo tenga en cuenta, porque estás dispuesto a no volverlo a hacer.
Más no puedes hacer.
Arrodillarte y con la cabeza baja decir con amor:
¡Señor mío y Dios mío!







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