miércoles, 8 de febrero de 2017

ARAGON  8/2/17
============== 
Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
Me faltó agregar: “Y tozudos”.
Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.


 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
Me faltó agregar: “Y tozudos”.
Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
Me faltó agregar: “Y tozudos”.
Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
Me faltó agregar: “Y tozudos”.
Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
Me faltó agregar: “Y tozudos”.
Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
Me faltó agregar: “Y tozudos”.
Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
Me faltó agregar: “Y tozudos”.
Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
Me faltó agregar: “Y tozudos”.
Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
============== 
Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
Me faltó agregar: “Y tozudos”.
Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
============== 
Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
Me faltó agregar: “Y tozudos”.
Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
Me faltó agregar: “Y tozudos”.
Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
Me faltó agregar: “Y tozudos”.
Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
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Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
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Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
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Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
============== 
Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
Me faltó agregar: “Y tozudos”.
Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
Me faltó agregar: “Y tozudos”.
Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
Me faltó agregar: “Y tozudos”.
Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
Me faltó agregar: “Y tozudos”.
Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
Me faltó agregar: “Y tozudos”.
Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
Me faltó agregar: “Y tozudos”.
Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
Me faltó agregar: “Y tozudos”.
Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
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Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
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Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
Me faltó agregar: “Y tozudos”.
Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
Me faltó agregar: “Y tozudos”.
Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
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¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
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 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
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Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
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¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
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 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
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Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
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En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
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¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
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 ARAGON  8/2/17
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Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
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Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
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Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
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Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
============== 
Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
Me faltó agregar: “Y tozudos”.
Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
Me faltó agregar: “Y tozudos”.
Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
Me faltó agregar: “Y tozudos”.
Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
Me faltó agregar: “Y tozudos”.
Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.

 ARAGON  8/2/17
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Quizás no había cumplido aún los siete años cuando trasladaron a mi padre a Zaragoza.
Allí pasamos un verano entero en una casa cercana al río Ebro.
No he pasado tanto calor en mi vida. Lo recuerdo como un tiempo desagradable.
Entonces no había aparatos de refrigeración ni otras cosas por el estilo para aliviar el calor, o por lo menos nosotros no las podíamos tener dado lo modesto de nuestros ingresos.
Por las noches paseábamos toda la familia por las orillas del Ebro, y saboreábamos dulces tajadas de melón que para refrescarnos todos los días mi padre rajaba.
Éramos una familia feliz, o al menos, así lo recuerdo yo, que era tan niño. Aquel verano no tuve escuela, como todos los veranos, pero éste de mis recuerdos fue el mejor.
Pasaron muchos, pero  que muchos años y recientemente pasamos unos días en un pueblecito de Aragón. No recuerdo su nombre, o no quiero señalarlo.
En la calle varios vendedores ofrecían unos melocotones de aspecto inmejorable.
Cada uno de ellos tenía los melocotones en varias cajas que iban  desechando a medida que con su venta se vaciaban.
Me acerqué para comprar un kilo o dos de  aquella estupenda fruta. La caja en venta estaba ya casi vacía y el aspecto de la fruta no me gustó del todo, así que le dije al vendedor: “De esta caja no, de la de al lado”.
Cuál no sería mi sorpresa cuando el vendedor se negó en  redondo diciéndome: Si los quiere han de ser de ésta. Hasta que no se termine no empiezo la otra.
Quedé tan sorprendido que no pude reaccionar.
Algún gesto debí hacer,  de desagrado, al oír al vendedor decir: “”Oiga, que los aragoneses somos gente muy noble y honrada””.
Me faltó agregar: “Y tozudos”.
Al final pensé: “ Si son así, no los voy a cambiar” sonriendo interiormente.
Y le compré los melocotones que en la caja quedaban sin más comentario ni rechistar.
He recorrido toda España y puedo afirmar que un vendedor así, no se encuentra sino en Aragón.
¡Bendita tierra! La que la Pilarica ha elegido.
El tren se desvió para no cogerlo, no iba a ser yo menos.


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