sábado, 11 de febrero de 2017

DE NUEVO ALICANTE      11-2-17
Debería ser allá por el año 1932 a mediados.
Nos trasladamos de nuevo a Alicante donde estuvimos otro año aproximadamente. Seguramente mi padre, que era un trotamundos estaba en todo momento a disposición de su Empresa, la Compañía Telefónica. que lo utilizaba a su conveniencia.
No tengo muchos recuerdos de este período. Sé que fuimos a vivir al nº 50 , un primer piso de la calle Quintana, muy céntrica paralela a la Avenida de Alfonso El Sabio.
Enfrente, hay todavía un solar, donde se instalaba la feria con sus caballitos, carruseles, y demás casetas anuales.
Una de las plazas más amplias y bonitas de la ciudad es la de los Luceros que el viajero encuentra al término de la calle de la Estación. Lucen en ellas cuatro caballos de una belleza espléndida.
Como al “rojerío” no le gusta eso de “Los Luceros”, querían cambiar su nombre por el de “Los Cavals”, (caballos en valenciano”). ¡ Cuánta gilipollez tenemos que aguantar!
También querían cambiar el nombre de un barrio entero de casas baratas que hizo Franco, que se llama barrio de la División azul, por otro, para que se olvidase quién lo hizo.
Los vecinos que allí viven no lo consintieron.
Es lo mismo que ahora quieren sacar a Franco del Valle de los Caídos. No saben estos ignorantes que Franco descansa en un panteón de dos tumbas junto a su mujer, Carmen Polo, en un pueblo de Madrid.
Continué yendo a los Maristas. Allí tuve una anécdota que deseo comentar.
Asistía  ese año a la quinta clase. El profesor me sacó a la pizarra y escribió una raíz cuadrada para que ante todos la resolviese.
Era la primera vez que había visto u oído que existían raíces cuadradas. Ante mi ignorancia, sin ton ni son, me dio una bofetada.
Es el castigo más injusto e indignante que he recibido en mi vida. Nadie más me ha vuelto a tocar un pelo.
Estos hombres que se dedican a la enseñanza y son tan buena gente, no pueden evitar que se cuelen entre ellos personas indignas, amargadas, o quizás que ocultan sus inclinaciones sexuales, y su desequilibrio interior lo pagan con lo primero que encuentran.
Conté lo sucedido en casa, y mi padre, que nunca me dijo nada, fue a hablar con el Superior del Colegio, quien le aseguró que ya había tenido otras quejas similares.
Lo cierto es que al segundo o tercer día desapareció ese miserable y nunca más volví a verlo.
Ya de mayor, pensé que su amargura y cabreo era por ser maricón perdido.
Se me olvidaba decir que por entonces se construyó la Plaza de Los Luceros, y recuerdo que por las zanjas que para ello se hicieron, jugábamos los chiquillos al escondite.
Ya sólo me queda comentar que en la playa del Postiguet, que está dentro de la ciudad, y que es inmejorable porque no reviste peligro alguno, había cuatro o cinco balnearios, que se adentraban en la mar unos 60/80 metros.
Tenían casetas que, alquilaban, donde se guardaba la ropa y unas escalerillas, cada una de ellas, por las que te ponías a nadar. Al final, todas, tenían un café restaurante.
No sé el motivo por el que las eliminaron.
Como anécdota, comentaré que algunos miraban por los agujeros que algunas tenían.  Siempre hay idiotas. La Tía Tonica, una parienta nuestra, (se comenta en la familia) casi le saca un ojo a un mirón, con un largo alfiler que introdujo por  el agujero, y que fue respondido con un dolorido grito.
Vivir entonces en Alicante era un regalo de Dios.
Vivir ahora, lo es también.
Su clima es seguramente el mejor del mundo.
Más adelante comentaré por qué he vuelto a esta ciudad, donde resido hace más de 60 años.





·DE NUEVO ALICANTE      11-2-17
Debería ser allá por el año 1932 a mediados.
Nos trasladamos de nuevo a Alicante donde estuvimos otro año aproximadamente. Seguramente mi padre, que era un trotamundos estaba en todo momento a disposición de su Empresa, la Compañía Telefónica. que lo utilizaba a su conveniencia.
No tengo muchos recuerdos de este período. Sé que fuimos a vivir al nº 50 , un primer piso de la calle Quintana, muy céntrica paralela a la Avenida de Alfonso El Sabio.
Enfrente, hay todavía un solar, donde se instalaba la feria con sus caballitos, carruseles, y demás casetas anuales.
Una de las plazas más amplias y bonitas de la ciudad es la de los Luceros que el viajero encuentra al término de la calle de la Estación. Lucen en ellas cuatro caballos de una belleza espléndida.
Como al “rojerío” no le gusta eso de “Los Luceros”, querían cambiar su nombre por el de “Los Cavals”, (caballos en valenciano”). ¡ Cuánta gilipollez tenemos que aguantar!
También querían cambiar el nombre de un barrio entero de casas baratas que hizo Franco, que se llama barrio de la División azul, por otro, para que se olvidase quién lo hizo.
Los vecinos que allí viven no lo consintieron.
Es lo mismo que ahora quieren sacar a Franco del Valle de los Caídos. No saben estos ignorantes que Franco descansa en un panteón de dos tumbas junto a su mujer, Carmen Polo, en un pueblo de Madrid.
Continué yendo a los Maristas. Allí tuve una anécdota que deseo comentar.
Asistía  ese año a la quinta clase. El profesor me sacó a la pizarra y escribió una raíz cuadrada para que ante todos la resolviese.
Era la primera vez que había visto u oído que existían raíces cuadradas. Ante mi ignorancia, sin ton ni son, me dio una bofetada.
Es el castigo más injusto e indignante que he recibido en mi vida. Nadie más me ha vuelto a tocar un pelo.
Estos hombres que se dedican a la enseñanza y son tan buena gente, no pueden evitar que se cuelen entre ellos personas indignas, amargadas, o quizás que ocultan sus inclinaciones sexuales, y su desequilibrio interior lo pagan con lo primero que encuentran.
Conté lo sucedido en casa, y mi padre, que nunca me dijo nada, fue a hablar con el Superior del Colegio, quien le aseguró que ya había tenido otras quejas similares.
Lo cierto es que al segundo o tercer día desapareció ese miserable y nunca más volví a verlo.
Ya de mayor, pensé que su amargura y cabreo era por ser maricón perdido.
Se me olvidaba decir que por entonces se construyó la Plaza de Los Luceros, y recuerdo que por las zanjas que para ello se hicieron, jugábamos los chiquillos al escondite.
Ya sólo me queda comentar que en la playa del Postiguet, que está dentro de la ciudad, y que es inmejorable porque no reviste peligro alguno, había cuatro o cinco balnearios, que se adentraban en la mar unos 60/80 metros.
Tenían casetas que, alquilaban, donde se guardaba la ropa y unas escalerillas, cada una de ellas, por las que te ponías a nadar. Al final, todas, tenían un café restaurante.
No sé el motivo por el que las eliminaron.
Como anécdota, comentaré que algunos miraban por los agujeros que algunas tenían.  Siempre hay idiotas. La Tía Tonica, una parienta nuestra, (se comenta en la familia) casi le saca un ojo a un mirón, con un largo alfiler que introdujo por  el agujero, y que fue respondido con un dolorido grito.
Vivir entonces en Alicante era un regalo de Dios.
Vivir ahora, lo es también.
Su clima es seguramente el mejor del mundo.
Más adelante comentaré por qué he vuelto a esta ciudad, donde resido hace más de 60 años.




·DE NUEVO ALICANTE      11-2-17
Debería ser allá por el año 1932 a mediados.
Nos trasladamos de nuevo a Alicante donde estuvimos otro año aproximadamente. Seguramente mi padre, que era un trotamundos estaba en todo momento a disposición de su Empresa, la Compañía Telefónica. que lo utilizaba a su conveniencia.
No tengo muchos recuerdos de este período. Sé que fuimos a vivir al nº 50 , un primer piso de la calle Quintana, muy céntrica paralela a la Avenida de Alfonso El Sabio.
Enfrente, hay todavía un solar, donde se instalaba la feria con sus caballitos, carruseles, y demás casetas anuales.
Una de las plazas más amplias y bonitas de la ciudad es la de los Luceros que el viajero encuentra al término de la calle de la Estación. Lucen en ellas cuatro caballos de una belleza espléndida.
Como al “rojerío” no le gusta eso de “Los Luceros”, querían cambiar su nombre por el de “Los Cavals”, (caballos en valenciano”). ¡ Cuánta gilipollez tenemos que aguantar!
También querían cambiar el nombre de un barrio entero de casas baratas que hizo Franco, que se llama barrio de la División azul, por otro, para que se olvidase quién lo hizo.
Los vecinos que allí viven no lo consintieron.
Es lo mismo que ahora quieren sacar a Franco del Valle de los Caídos. No saben estos ignorantes que Franco descansa en un panteón de dos tumbas junto a su mujer, Carmen Polo, en un pueblo de Madrid.
Continué yendo a los Maristas. Allí tuve una anécdota que deseo comentar.
Asistía  ese año a la quinta clase. El profesor me sacó a la pizarra y escribió una raíz cuadrada para que ante todos la resolviese.
Era la primera vez que había visto u oído que existían raíces cuadradas. Ante mi ignorancia, sin ton ni son, me dio una bofetada.
Es el castigo más injusto e indignante que he recibido en mi vida. Nadie más me ha vuelto a tocar un pelo.
Estos hombres que se dedican a la enseñanza y son tan buena gente, no pueden evitar que se cuelen entre ellos personas indignas, amargadas, o quizás que ocultan sus inclinaciones sexuales, y su desequilibrio interior lo pagan con lo primero que encuentran.
Conté lo sucedido en casa, y mi padre, que nunca me dijo nada, fue a hablar con el Superior del Colegio, quien le aseguró que ya había tenido otras quejas similares.
Lo cierto es que al segundo o tercer día desapareció ese miserable y nunca más volví a verlo.
Ya de mayor, pensé que su amargura y cabreo era por ser maricón perdido.
Se me olvidaba decir que por entonces se construyó la Plaza de Los Luceros, y recuerdo que por las zanjas que para ello se hicieron, jugábamos los chiquillos al escondite.
Ya sólo me queda comentar que en la playa del Postiguet, que está dentro de la ciudad, y que es inmejorable porque no reviste peligro alguno, había cuatro o cinco balnearios, que se adentraban en la mar unos 60/80 metros.
Tenían casetas que, alquilaban, donde se guardaba la ropa y unas escalerillas, cada una de ellas, por las que te ponías a nadar. Al final, todas, tenían un café restaurante.
No sé el motivo por el que las eliminaron.
Como anécdota, comentaré que algunos miraban por los agujeros que algunas tenían.  Siempre hay idiotas. La Tía Tonica, una parienta nuestra, (se comenta en la familia) casi le saca un ojo a un mirón, con un largo alfiler que introdujo por  el agujero, y que fue respondido con un dolorido grito.
Vivir entonces en Alicante era un regalo de Dios.
Vivir ahora, lo es también.
Su clima es seguramente el mejor del mundo.
Más adelante comentaré por qué he vuelto a esta ciudad, donde resido hace más de 60 años.




·DE NUEVO ALICANTE      11-2-17
Debería ser allá por el año 1932 a mediados.
Nos trasladamos de nuevo a Alicante donde estuvimos otro año aproximadamente. Seguramente mi padre, que era un trotamundos estaba en todo momento a disposición de su Empresa, la Compañía Telefónica. que lo utilizaba a su conveniencia.
No tengo muchos recuerdos de este período. Sé que fuimos a vivir al nº 50 , un primer piso de la calle Quintana, muy céntrica paralela a la Avenida de Alfonso El Sabio.
Enfrente, hay todavía un solar, donde se instalaba la feria con sus caballitos, carruseles, y demás casetas anuales.
Una de las plazas más amplias y bonitas de la ciudad es la de los Luceros que el viajero encuentra al término de la calle de la Estación. Lucen en ellas cuatro caballos de una belleza espléndida.
Como al “rojerío” no le gusta eso de “Los Luceros”, querían cambiar su nombre por el de “Los Cavals”, (caballos en valenciano”). ¡ Cuánta gilipollez tenemos que aguantar!
También querían cambiar el nombre de un barrio entero de casas baratas que hizo Franco, que se llama barrio de la División azul, por otro, para que se olvidase quién lo hizo.
Los vecinos que allí viven no lo consintieron.
Es lo mismo que ahora quieren sacar a Franco del Valle de los Caídos. No saben estos ignorantes que Franco descansa en un panteón de dos tumbas junto a su mujer, Carmen Polo, en un pueblo de Madrid.
Continué yendo a los Maristas. Allí tuve una anécdota que deseo comentar.
Asistía  ese año a la quinta clase. El profesor me sacó a la pizarra y escribió una raíz cuadrada para que ante todos la resolviese.
Era la primera vez que había visto u oído que existían raíces cuadradas. Ante mi ignorancia, sin ton ni son, me dio una bofetada.
Es el castigo más injusto e indignante que he recibido en mi vida. Nadie más me ha vuelto a tocar un pelo.
Estos hombres que se dedican a la enseñanza y son tan buena gente, no pueden evitar que se cuelen entre ellos personas indignas, amargadas, o quizás que ocultan sus inclinaciones sexuales, y su desequilibrio interior lo pagan con lo primero que encuentran.
Conté lo sucedido en casa, y mi padre, que nunca me dijo nada, fue a hablar con el Superior del Colegio, quien le aseguró que ya había tenido otras quejas similares.
Lo cierto es que al segundo o tercer día desapareció ese miserable y nunca más volví a verlo.
Ya de mayor, pensé que su amargura y cabreo era por ser maricón perdido.
Se me olvidaba decir que por entonces se construyó la Plaza de Los Luceros, y recuerdo que por las zanjas que para ello se hicieron, jugábamos los chiquillos al escondite.
Ya sólo me queda comentar que en la playa del Postiguet, que está dentro de la ciudad, y que es inmejorable porque no reviste peligro alguno, había cuatro o cinco balnearios, que se adentraban en la mar unos 60/80 metros.
Tenían casetas que, alquilaban, donde se guardaba la ropa y unas escalerillas, cada una de ellas, por las que te ponías a nadar. Al final, todas, tenían un café restaurante.
No sé el motivo por el que las eliminaron.
Como anécdota, comentaré que algunos miraban por los agujeros que algunas tenían.  Siempre hay idiotas. La Tía Tonica, una parienta nuestra, (se comenta en la familia) casi le saca un ojo a un mirón, con un largo alfiler que introdujo por  el agujero, y que fue respondido con un dolorido grito.
Vivir entonces en Alicante era un regalo de Dios.
Vivir ahora, lo es también.
Su clima es seguramente el mejor del mundo.
Más adelante comentaré por qué he vuelto a esta ciudad, donde resido hace más de 60 años.




·DE NUEVO ALICANTE      11-2-17
Debería ser allá por el año 1932 a mediados.
Nos trasladamos de nuevo a Alicante donde estuvimos otro año aproximadamente. Seguramente mi padre, que era un trotamundos estaba en todo momento a disposición de su Empresa, la Compañía Telefónica. que lo utilizaba a su conveniencia.
No tengo muchos recuerdos de este período. Sé que fuimos a vivir al nº 50 , un primer piso de la calle Quintana, muy céntrica paralela a la Avenida de Alfonso El Sabio.
Enfrente, hay todavía un solar, donde se instalaba la feria con sus caballitos, carruseles, y demás casetas anuales.
Una de las plazas más amplias y bonitas de la ciudad es la de los Luceros que el viajero encuentra al término de la calle de la Estación. Lucen en ellas cuatro caballos de una belleza espléndida.
Como al “rojerío” no le gusta eso de “Los Luceros”, querían cambiar su nombre por el de “Los Cavals”, (caballos en valenciano”). ¡ Cuánta gilipollez tenemos que aguantar!
También querían cambiar el nombre de un barrio entero de casas baratas que hizo Franco, que se llama barrio de la División azul, por otro, para que se olvidase quién lo hizo.
Los vecinos que allí viven no lo consintieron.
Es lo mismo que ahora quieren sacar a Franco del Valle de los Caídos. No saben estos ignorantes que Franco descansa en un panteón de dos tumbas junto a su mujer, Carmen Polo, en un pueblo de Madrid.
Continué yendo a los Maristas. Allí tuve una anécdota que deseo comentar.
Asistía  ese año a la quinta clase. El profesor me sacó a la pizarra y escribió una raíz cuadrada para que ante todos la resolviese.
Era la primera vez que había visto u oído que existían raíces cuadradas. Ante mi ignorancia, sin ton ni son, me dio una bofetada.
Es el castigo más injusto e indignante que he recibido en mi vida. Nadie más me ha vuelto a tocar un pelo.
Estos hombres que se dedican a la enseñanza y son tan buena gente, no pueden evitar que se cuelen entre ellos personas indignas, amargadas, o quizás que ocultan sus inclinaciones sexuales, y su desequilibrio interior lo pagan con lo primero que encuentran.
Conté lo sucedido en casa, y mi padre, que nunca me dijo nada, fue a hablar con el Superior del Colegio, quien le aseguró que ya había tenido otras quejas similares.
Lo cierto es que al segundo o tercer día desapareció ese miserable y nunca más volví a verlo.
Ya de mayor, pensé que su amargura y cabreo era por ser maricón perdido.
Se me olvidaba decir que por entonces se construyó la Plaza de Los Luceros, y recuerdo que por las zanjas que para ello se hicieron, jugábamos los chiquillos al escondite.
Ya sólo me queda comentar que en la playa del Postiguet, que está dentro de la ciudad, y que es inmejorable porque no reviste peligro alguno, había cuatro o cinco balnearios, que se adentraban en la mar unos 60/80 metros.
Tenían casetas que, alquilaban, donde se guardaba la ropa y unas escalerillas, cada una de ellas, por las que te ponías a nadar. Al final, todas, tenían un café restaurante.
No sé el motivo por el que las eliminaron.
Como anécdota, comentaré que algunos miraban por los agujeros que algunas tenían.  Siempre hay idiotas. La Tía Tonica, una parienta nuestra, (se comenta en la familia) casi le saca un ojo a un mirón, con un largo alfiler que introdujo por  el agujero, y que fue respondido con un dolorido grito.
Vivir entonces en Alicante era un regalo de Dios.
Vivir ahora, lo es también.
Su clima es seguramente el mejor del mundo.
Más adelante comentaré por qué he vuelto a esta ciudad, donde resido hace más de 60 años.




·DE NUEVO ALICANTE      11-2-17
Debería ser allá por el año 1932 a mediados.
Nos trasladamos de nuevo a Alicante donde estuvimos otro año aproximadamente. Seguramente mi padre, que era un trotamundos estaba en todo momento a disposición de su Empresa, la Compañía Telefónica. que lo utilizaba a su conveniencia.
No tengo muchos recuerdos de este período. Sé que fuimos a vivir al nº 50 , un primer piso de la calle Quintana, muy céntrica paralela a la Avenida de Alfonso El Sabio.
Enfrente, hay todavía un solar, donde se instalaba la feria con sus caballitos, carruseles, y demás casetas anuales.
Una de las plazas más amplias y bonitas de la ciudad es la de los Luceros que el viajero encuentra al término de la calle de la Estación. Lucen en ellas cuatro caballos de una belleza espléndida.
Como al “rojerío” no le gusta eso de “Los Luceros”, querían cambiar su nombre por el de “Los Cavals”, (caballos en valenciano”). ¡ Cuánta gilipollez tenemos que aguantar!
También querían cambiar el nombre de un barrio entero de casas baratas que hizo Franco, que se llama barrio de la División azul, por otro, para que se olvidase quién lo hizo.
Los vecinos que allí viven no lo consintieron.
Es lo mismo que ahora quieren sacar a Franco del Valle de los Caídos. No saben estos ignorantes que Franco descansa en un panteón de dos tumbas junto a su mujer, Carmen Polo, en un pueblo de Madrid.
Continué yendo a los Maristas. Allí tuve una anécdota que deseo comentar.
Asistía  ese año a la quinta clase. El profesor me sacó a la pizarra y escribió una raíz cuadrada para que ante todos la resolviese.
Era la primera vez que había visto u oído que existían raíces cuadradas. Ante mi ignorancia, sin ton ni son, me dio una bofetada.
Es el castigo más injusto e indignante que he recibido en mi vida. Nadie más me ha vuelto a tocar un pelo.
Estos hombres que se dedican a la enseñanza y son tan buena gente, no pueden evitar que se cuelen entre ellos personas indignas, amargadas, o quizás que ocultan sus inclinaciones sexuales, y su desequilibrio interior lo pagan con lo primero que encuentran.
Conté lo sucedido en casa, y mi padre, que nunca me dijo nada, fue a hablar con el Superior del Colegio, quien le aseguró que ya había tenido otras quejas similares.
Lo cierto es que al segundo o tercer día desapareció ese miserable y nunca más volví a verlo.
Ya de mayor, pensé que su amargura y cabreo era por ser maricón perdido.
Se me olvidaba decir que por entonces se construyó la Plaza de Los Luceros, y recuerdo que por las zanjas que para ello se hicieron, jugábamos los chiquillos al escondite.
Ya sólo me queda comentar que en la playa del Postiguet, que está dentro de la ciudad, y que es inmejorable porque no reviste peligro alguno, había cuatro o cinco balnearios, que se adentraban en la mar unos 60/80 metros.
Tenían casetas que, alquilaban, donde se guardaba la ropa y unas escalerillas, cada una de ellas, por las que te ponías a nadar. Al final, todas, tenían un café restaurante.
No sé el motivo por el que las eliminaron.
Como anécdota, comentaré que algunos miraban por los agujeros que algunas tenían.  Siempre hay idiotas. La Tía Tonica, una parienta nuestra, (se comenta en la familia) casi le saca un ojo a un mirón, con un largo alfiler que introdujo por  el agujero, y que fue respondido con un dolorido grito.
Vivir entonces en Alicante era un regalo de Dios.
Vivir ahora, lo es también.
Su clima es seguramente el mejor del mundo.
Más adelante comentaré por qué he vuelto a esta ciudad, donde resido hace más de 60 años.




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