martes, 14 de febrero de 2017

ESTANCIA EN MADRID     14-2-17
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Creo que corría el año 1933 o el 34 cuando mi padre fue trasladado a Madrid.
Nunca he llegado a conocer si mi padre era un hombre muy necesario para la Cñía Telefónica y de ahí los sucesivos traslados, o bien que él era un correcaminos que se aburría de estar siempre en el mismo sitio.
Nos fuimos a vivir a la calle Topete, en Cuatro Caminos, creo que era el número 27, muy tranquila entonces, aunque ahora ha salido en los periódicos por escándalos, peleas y navajazos.
Nos instalamos en un piso exterior en alquiler de 15 duros al mes , cifra muy elevada para los 65 que ganaba al mes. Así que después nos pasamos a uno interior por 10 duros mensuales.
Cada altura constaba de 4 pisos que se distribuían de forma semicircular. Nosotros vivíamos en el 2º piso, y recuerdo que eran estupendos nuestros vecinos.
Frente a nuestra casa estaba la de Carrillo, el político comunista. Su padre era el Alcalde de Barrio, el único coche que había en la vecindad.
Carrillo, era unos 6 años mayor que yo, y ya no jugaba con nosotros en la calle. El que sí era de nuestra edad era su hermano , no recuerdo ahora su nombre y tampoco sé que ha sido de él.
Ya una vez lo he contado. En el piso bajo de su casa había una peluquería. Los socialistas (entonces eran todavía socialistas,)  la compraron y transformaron en un centro de  enseñanzas de su modo de pensar.
Por supuesto la religión era lo más  odiado y perseguido en aquel antro.
Cierta vez subimos a casa proclamando que “Dios no existe”. Mi santa madre nos preguntó quién decía eso. Al contestarle que en el Centro de Carrillo, nos prohibió terminantemente volver a pisar aquel antro.
Sólo otro chiquillo, que se apellidaba  Mampaso,
Íbamos a Misa los Domingos. Los demás no.
En conjunto éramos una pandilla de futuros delincuentes  que nos liábamos a pedradas con los de las calles vecinas por quítame allá unas pajas.
La situación política era muy compleja y difícil.
Se perseguía a la religión y a los religiosos. Los Jesuitas fueron expulsados de España. Ya dije que hubo muchas quemas de iglesias.
Cierta vez que mi buena madre iba a Misa, con un misal en la mano, se cruzó con un grupo de obreros entre los que se destacó uno, que tocando el misal, dijo: “” Por esto, por esto va tan mal España”. A lo que mi madre respondió: “ Por esto no”, Por personas que ,como Vd., no saben respetar a los demás””. Fue curiosa las risas de los otros que le dijeron “Chúpate esa”. Y se terminó el incidente.
Allí comencé a estudiar la Carrera de Comercio.
La Escuela estaba en una calle, cuyo nombre no recuerdo que daba a la calle Princesa.
Las huelgas de los estudiantes eran constantes.
Al llegar nos calentábamos de pie en una rejilla por la que salía aire caliente. Cierto día que la rejilla no funcionaba fue el motivo de huelga.
Los más pequeños, como yo, íbamos al frente de la manifestación que se dirigía por la calle de Alcalá al Ministerio de la Gobernación (para avisar si venían los “Guris”) Los gritos eran:  “”Alirón, Alirón el Ministro es un Cab “”
Todo esto da idea del ambiente que había . Y que de algún modo justifica que muchos quisieran poner orden y paz.
Todo ello causó el que Franco fuera tan bien recibido  posteriormente.
La gente de orden estaba harta de tanto desorden  e ignorancia.
¡OJO! Con PODEMOS. Que no se repita aquello.
En verano, día sí y otro también, la pandilla íbamos hasta Puerta Hierro a bañarnos al Manzanares.
Hambrientos nos comíamos los trigales al regreso.
Los guardianes nos avisaban hasta tres veces con una bocina de trompetilla. Ni qué decir tiene que después de sonar el segundo aviso, nos salíamos corriendo.
En fin, éramos todos unos golfillos.
Mi madre me daba todos los días 60 céntimos, de los que 20 los gastaba en el Metro (constaba 10 céntimos desde la Plaza de Cuatro Caminos hasta Noviciados) y los 40 restantes eran para un bocadillo que compraba a un vendedor ambulante que se instalaba a la puerta de la Escuela de Comercio.
Duros tiempos. Pero me formaron a vencer dificultades, y a luchar por la vida.

Seguramente a ellos les debo la placidez con la que Dios me ha recompensado en estos años de mi vejez.

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