viernes, 10 de febrero de 2017

CARTAGENA    10/2/17
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Corrían los días de 1930.-
Procedentes de Alicante nos instalamos la familia en Cartagena adonde mi padre había sido destinado para la implantación del teléfono automático en sustitución del manual, entonces vigente.
Entonces había muchas casas en alquiler. Cuando llegábamos a la estación  mi padre alquilaba una, y nos instalábamos con los pocos muebles que llevábamos con nosotros. Un baúl muy grande y pocas cosas más.
A partir de la calle Cuatro Santos, muy céntrica, hay una en cuesta que conduce a la parte superior del monte cercano. No recuerdo lo que hay allí.  Creo que más arriba vivían gitanos, aunque no estoy seguro. Lo cierto es que nunca me sentí allí cómodo.
Como continué yendo a los HH.Maristas, procuraba ocultar mi domicilio, sobre todo teniendo por compañeros a los hijos de las mejores familias de Cartagena, incluido el nieto de un ministro.
Recuerdo sobre todos el nombre de mi mejor amigo Suárez de apellido, cuyo padre tenía un bar.
Con cierta frecuencia su hijo y yo compartíamos un plato de patatas fritas que me sabían a gloria.



Otro que recuerdo, no tan amigo, era Conesa, con el que disputaba el primer puesto de la clase.
Años muchos, más tarde, pregunté por él y me informaron que era un médico muy conocido en la ciudad. No me atreví a visitarlo, porque seguro que no se acordaba de mí.
En Cartagena hice mi Primera Comunión. Creo que tendría  ocho años. Me pasaron los Maristas a la Tercera clase. En Alicante estuve en la  Primera.
Los murcianos en general y los cartageneros en particular son gentes afables, amistosas, muy buenas, simpáticos  y  cariñosos.
Seguramente la abundancia que la mayoría ha tenido y las verduras y naranjas de su espléndida huerta ser murciano es un regalo de Dios para los habitantes de esa rica provincia.
Cartagena es un puerto militar, una base naval que la defienden los montes cercanos.
En aquel tiempo y supongo que también ahora había muchos marinos y gente militar de toda España.
Recuerdo que mi hermano y yo nos acercábamos al
Puerto donde cargaban algarrobas y masticábamos algunos trozos.
Allí también nos bañábamos.
Allí fui feliz. Muchos años después, por motivos de ser representante vendedor de los discos ZAFIRO, la tuve que visitar a menudo.
Sus gentes amables y generosas. No cambiaron sino que aumentaron el buen recuerdo que de la tan amable ciudad  yo tenía.
¡Viva Cartagena! Y todos los murcianos.







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